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Una forma de expresar el miedo es creer y manifestar que "cada día las cosas van a peor". Estoy seguro que Vd. habrá escuchado esta frase en boca de muchas personas y quizás en la suya propia. Detrás de esa frase se encierra un gran falsedad, hay demasiados datos objetivos que refutan esa afirmación. Además esa creencia sólo sirve para no aceptar nuestra responsabilidad de modificar nuestras vidas, de participar en mejorar la sociedad en la que vivimos aportando nuestro pequeño grano de arena. El refugio más cómodo es siempre echar la culpa a algo que es inalcanzable de entender y sobre lo que no se puede actuar.
Es curioso observar como aquellos que tenemos más cosas, más riqueza, desarrollamos más miedo. El miedo a perder lo que tenemos, a no alcanzar lo que otros tienen, a fracasar, a no saber aprovechar nuestro tiempo, a enfermar. Pasamos mucho tiempo enzarzados en una continua lucha contra nosotros mismos.
En cambio, aquellos que no tienen que perder no pasan miedo. Viven el día a día y mañana será otra jornada.
El miedo destruye a las personas y su miedo, como cualquiera de los pecados capitales del jefe tiene un efecto contagioso, que afecta al resto de la organización.
Miedo al cambio, miedo a los enemigos o rivales que puedan llegar, miedo al que dirán, miedo al jefe. Vd. y yo tenemos miedo. ¿No debería darnos vergüenza tener miedo? El miedo que se produce sin razones objetivas es de cobardes y de estúpidos. No beneficia a nadie.
El jefe expresa su miedo de muy diversas formas y tienen un efecto negativo en la organización.
El subordinado agradece a su jefe que éste defienda el sentido común, que su trabajo esté inspirado en el progreso, la evolución. De lo contrario participará de los miedos del jefe abandonando la organización o convirtiendo la perdurabilidad del puesto de trabajo en el primer objetivo.