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Los peores accidentes ocurren cuando quien está al frente de los mandos pierde el control.
Los más expertos navegantes recuerdan los episodios de mala mar en los que sólo su capacidad para mantenerse con la mente fría pudo evitar que la tripulación perdiera la vida.
Roger Federer, el mejor jugador de tenis de la historia a entender de la mayoría de los expertos, dice que empezó a forjar su imparable carrera de éxitos cuando dejó de perder el control en la pista aquellas ocasiones en las que fallaba y él se mostraba colérico consigo mismo tirando la raqueta o autoinsultándose. De hecho ya casi nadie le recuerda así y bien al contrario nos maravillamos por su capacidad de controlarse incluso en los momentos que parece que su contrincante le está acorralando. Muchos matrimonios acaban rotos porque uno de los dos pierde el control de sí mismo y produce heridas que no se pueden restañar y hace irrecuperables la relación.
Los hijos recuerdan de forma especialmente traumática cuando sus padres han perdido el control en muchas de sus manifestaciones.
La capacidad de mantener el control es una de las características que un subordinado - sea empleado o hijo - espera de su jefe. La pérdida de control por parte del jefe hace que el subordinado pierda la confianza y se muestre temeroso ante la hipótesis de que el mismo suceso se repita.